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Denominado originalmente ankoku butoh, danza de la oscuridad, el butoh nació en el Japón de la posguerra, a finales
de los años cincuenta, tras las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. De la mano de sus creadores, Kazuo Ohno y
Tatsumi Hijikata, urgió de la búsqueda de una nueva sociedad tras la derrota. Hijikata, que rechazaba las formas de
danza occidentales tan populares entonces, participó en el desarrollo del vocabulario de los movimientos e ideas que
en 1961 bautizó como ankoku butoh.
El butoh se sitúa dentro de las artes escénicas, a medio camino entre el teatro y la danza. Se propone redescubrir el
cuerpo y lograr que se exprese a partir de su capacidad creadora de imágenes y de emociones. El resultado es de una
plasticidad y de una profundidad impresionante, y posee un gran poder de seducción gracias tanto a la poesía de las
imágenes corporales como a los mundos lúdicos y oníricos que aparecen plasmados en el escenario.
Su estética, muy cercana al universo pictórico, recibió fuertes influencias de las artes plásticas, principalmente del
surrealismo y del dadaísmo. En su origen también bebió del expresionismo alemán, de algunos conceptos de la meditación
zen, y de las danzas y rituales tradicionales de Japón.
Sin regirse por ninguna de las coordenadas de la sociedad contemporánea, el butoh se abre camino hacia la intimidad y
el silencio, espacios donde surge la expresión más genuina del ser humano. Con el cuerpo como herramienta, trabaja con
la esencia del hombre. Uno de los atributos de este arte es el uso del tiempo y del espacio físico de manera innovadora
e inusitada. El butoh entiende el mundo como un todo donde no hay fronteras entre los cuerpos y los otros elementos que
componen el universo.
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